Los ojos de Walter

El sol brilla allá afuera, lo puedo sentir. Cuéntame Samantha, cómo están las praderas…!

-Muy verdes Walter, ¡muy verdes!
-Sé que muchas veces ya te he preguntado cómo es el verde, pero, ¿Me lo podrías explicar una vez mas? ¿Sólo una vez más?
-Claro que sí mi cielo, el verde es la esencia de lo natural, de la naturaleza, de esa bendita naturaleza generosa de la que somos parte tú y yo. Es la perfecta armonía y contraste de lo cálido del sol y lo fresco de las praderas en rocío de lluvia. Verde son las plantas, pero mejor vamos a sentirla Walter…
-Si, ¡llévame al verde!
-Claro que sí precioso, que tú mejor que nadie entiendes el lenguaje del sentir, el lenguaje universal, el lenguaje que no necesita ojos, sólo la sintonía perfecta de tu alma y tan pura como la de éstas praderas…
-¡Te quiero Samantha!, ¡Te quiero Samantha!

Samantha siempre sabía cómo satisfacer las constantes preguntas de su hermano menor, tenía una sabiduría de lenguaje para explicar los colores que Walter no podía distinguir. Con tan sólo 13 años y una sonrisa siempre en sus labios, tomaba la vida con la ternura de un amor tan puro como inocente.

-Samantha me llevará a las praderas, papá.- decía el niño mientras saltaba golpeando los tablones del piso con su bastón.

El padre frunció el ceño y con un gesto incriminatorio exigió una explicación a la niña.
-No te molestes con ella papá, yo sólo quiero sentir el verde….-Apuró a decir el niño, al interpretar el silencio de su padre.
-No puedes negarte a que vayamos a recorrer el campo papá, quiere sentir el verde, y tenemos la dicha de tener mucho verde.-argumentó Samantha.
El padre dio una espiración y dibujó una sonrisa.
-Regresan antes de las 8, el desayuno les estará esperando.
Las sonrisas de los niños se desvanecieron con un “Gracias”. Samantha sabía que su padre no podía negarse.
-Vamos Walter, preparémonos.

Al subir a la colina, el niño sintió mucho más la calidez del sol que pudo sentir desde su habitación de paredes de madera. Abrió sus brazos y miró apuntando a donde venía lo cálido, El Sol.

-Mírame Samantha, ¡soy una planta!
-Que planta tan bonita y ¡tan verde!-rieron.
-Quítate los zapatos Walter, subamos la colina sin zapatos ¿vale?
-¡Vale!

Desde arriba dos muchachos veían a dos niños correr, una era una niña con vestido celeste y cabello castaño, el otro un niño flaco mas bajo que ella y con un bastón.

-¿Los conoces?-pregunto el muchacho al otro.
-Me parece que es Samantha, una niña de mi escuela, y su hermano, el ciego.
-¿Samantha Sinde? ¿La niña que nunca está en las fiestas de la escuela? ¿La niña que siempre habla raro y que siempre está apurada en ir a su casa?
-Sí, cuentan que a la Maestra le exigió textos de enseñanza para ciegos, y libros extraños. Es una pena que una chica tan linda esté todo el día encerrada o caminando con su hermano.
-Claro que es una lástima, "Si tan solo el niño la dejara libre" pensó el muchacho, tras esconderse entre los arbustos a la espera de Samantha.

-¡Qué cansada estoy! Ven echémonos aquí, y así te sientas mas cerca del verde.
-Está bien.- asintió presuroso el entusiasta Walter.
-Ahora cuéntame, dime Walter lo que sientes.
-Me siento vivo….-dijo el niño al sentir en sus manos el pasto de aquel paisaje, al poder tocar las hojas cuajadas de escarcha, de sentir el viento que juega en sus mejillas y al oir susurrarle, al sentir en su piel los rayos del sol… "Si... me siento vivo..." pensó el niño.
Samantha apoyó su quijada en su mano y el codo en la tierra y vio a su hermano con una sonrisa tan transparente que irradiaba una luz, Samantha podía ver el aura de las personas, y aquella mañana el aura de su hermano deslumbraba un verde excepcional. Samantha estaba feliz.

-¡Hola nena!-interrumpió el muchacho. Samantha se puso de pie de inmediato y ayudó a Walter a hacer lo mismo. Walter se apoyó en el brazo de su hermana y se puso de pie, pudo sentir las vibras que se produjeron allí.
-Vamos a casa Walter, es todo por hoy.
-¿Ya se va la niña?.-dijo el muchacho con una histriónica mueca de tristeza. ¡No tan pronto! ¿por qué siempre huyes?
Samantha no pretendía escuchar, estaba acostumbrada a los comentarios desaprobatorios de sus amigas de la escuela. Miró alrededor en busca de…
-¿Buscas este bastón?-vociferó el otro muchacho metros mas allá.
-Entrégamelo, por favor.-suplicó la niña, Walter se hallaba nervioso, sabía el lenguaje de la naturaleza, pero no sabía defenderse.
-Te lo daremos, pero antes tienes que hablar.-dijo el muchacho más alto.- ¿Por qué estás tan pegada a tu hermano? ¿No te das cuenta que todos en la escuela hablan de ti? Relaciónate, estoy seguro que más de uno ha intentado acercarse a ti, pero tu siempre tan distante…!
-Nunca les hecho daño, por favor, entréguenme el bastón.
-No hasta que nos respondas. Si tan solo él te dejara libre.-vocifero mientras miraba a Walter.
-Él es justamente quien me da libertad...
-¿...?
Samantha no hallo otra opción.
-Creo en las promesas, prometen en que si les explico, ¿nos dejaran ir?
Los muchachos asintieron.
-Confío en ustedes….-Samantha miró a Walter, tomo aire, se dio fuerzas y prosiguió-
Así como confié en la bendición que Dios me dio cuando pedí tener un hermanito. Desde los cuatro años no le veía sentido a jugar sola, así que cuando mi mamá me explicó que vendría mi hermano, salté de alegría y saqué los juguetes que había guardado creyéndole inservibles. Esperaba tanto la llegada de mi hermano, que rezaba a diario para que no tarde en llegar y le daba las gracias a Dios por haberme escuchado, porque mi hermano llegaba justo cuando pedía jugar con alguien. Walter nació una tarde de verano, yo lo esperaba, tenía tantas ganas de verlo, Cuando mamá y papá vinieron a casa donde estaba yo con una tía, los vi tan alegres. Yo aguardaba los meses para que aprendiera a caminar, pero pasaban los meses y se tropezaba, hasta que comprobaron que Walter no era como los demás.-Samantha vio a Walter cabizbajo, dio un suspiro prosiguió.- Me explicaron que Walter era un niño especial, no podía ver con los ojos. Mamá y Papá se entristecieron, pero yo no, yo pedí jugar con alguien y estaba segura de que él había venido por algo. Por la misma razón que yo soy su hermana. Me prometí que yo sería sus ojos, que Walter y yo caminaremos siempre juntos, y que le explicaré cada día, cada momento, cada color, y así es. El y yo esperamos cada mañana, con muchas ganas de ver y sentir la magia que nos rodea, Walter ve con los ojos de alma, yo sólo me encargo de describirle lo que mis pupilas ven para alimentar su imaginación, sólo para completar el lenguaje que él ya conoce. El lenguaje Universal, el lenguaje de la naturaleza… Walter ve mucho mas que vosotros, ciegos del alma, es por ello que siempre está con una sonrisa. Todos en esta vida cumplimos una misión, siento que mi misión es acompañar a Walter, y la Misión de Walter hacerme feliz, Y la misión de ustedes hoy es llenarme de fe, de seguridad, y de valorar mucho más la generosidad de Dios. Ahora devuélvanme el bastón.

Los muchachos no dijeron más y mecánicamente le alcanzó el bastón.

-Te Quiero Samantha.- susurró Walter.
-¡Y yo a ti! Vamos que hay un desayuno que nos espera…

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