Cosas de Televisión




¿Cómo estamos hoy eh? Los Super Ratones, cantan a ritmo de esta noche imaginada, más que nunca, pues hoy mi humanidad permanece tranquila y cercada en estas cuatro paredes mientras imagino estar en un escenario y ser una estrella de rock.
Y vaya que un tema como estos te “empila” y cierras los ojos y crees tener a una muchedumbre a tus pies coreando tus gallos. En realidad, mis pasos siguen otros rumbos y es que, entre otras cosas soy demasiado impaciente, recuerdo haber asistido a un par de clases de piano, pero solo eso, hoy mi órgano electrónico yace en el olvido.

Lo más cerca de un escenario con miles de gentes cantado fue cuando me desempeñaba como camarógrafo de televisión. La adrenalina que se vive allí es simplemente increíble, esas energías que hacen de cada movimiento tuyo trascendente. Claro que los gritos y los aplausos no eran para el camarógrafo que a un costadito intentaba tener los mejores planos pero, vaya que los hacía míos. Un close-up, y en mi intercomunicador al director de cámara grita: Un detalle 4, un detalle! Y placenteramente obediente ponía la DvCam en mi rodilla derecha mientras ajustaba mi foco, el teleobjetivo en las cuerdas de una guitarra mientras unos habilísimos falanges rasgaban al compás de “mi auto es una rana” y mi objetivo captando cada detalle mínimo mientras abría la toma hasta tener la guitarra completa y luego abriendo el zoom, también al ritmo de la canción, para ello el cantante ya se había percatado de mí y me sonreía mientras yo me decía: Así es, look me!

Y todo para una toma de 2 o 3 segundos máximo. “y viene la 3.... 3 estás al aire, Carajo 3 qué pasa! No cabecees! Por la Rcsmre! Qué pasa contigo Braulio! Y dentro de mí imaginaba la toma de mi pobre compañero que sufría para mantener la imagen estable, ahora puedo asegurar que las lisuras más hirientes que escuche en mi vida la escuché de mi ex director de cámaras, frases irreproducibles que felizmente no estaban destinadas para mí. A veces creo que hay que desenvolverse en el ámbito que no sólo nos guste (pues a Braulio le fascinaba) sino también que hay que tener un mínimo de talento. Digo... así ahorrarse tantos insultos.

Cuando era un simple televidente veía al mundo de los sets de televisión como un ambiente sagrado, donde uno siempre halla sonrisas y caras bonitas, modelos que te guiñan el ojos mientras se despiden para volver tras lo comerciales, música de fondo y todo tan armonioso, tan tranquilo... tan grande.

Nada mas fuera de la realidad.

Lo primero que me impresionó cuando laboraba en aquel canal de televisión fue los enormes “tachos” de luz, era por decirlo de alguna manera, un infierno donde los kleenex se los arranchaban los animadores y las modelos. Lo segundo fue la sensación de estar en un mundo literalmente pequeño, donde todo es miniatura y lo que no existe es espacio. ¡Todo era tan pequeño! Paneles superpuestos y rodantes, tiros de cámara que cual espejismo engañaban de la manera mas vil, sólo faltaba un aviso que diga: Los objetos están mas cerca de lo que parecen.

Desde ya sabía la vorágine que vivía tras comerciales pero... lo que presencié era mucho más descabellado aún. Cosas como que el productor irrumpa en el set e insulte a la animadora que tragaba su amargura por haber olvidado mencionar a unos auspiciadores, todo frente mi atónita mirada. Los camarógrafos truchos ya acostumbrados a todo ello sólo atinaban a mover sus cámaras preparándose para el siguiente bloque televisivo.

“10, 9, esta vez no te olvides de mencionar a Clorox, 8, 7, empezamos con aplausos...! 6, 5, Ajustame ese tacho!, 4 3, 2 aplausos!!! Al aire!!!


Y la curtida animadora esbozaba una sonrisa temblorosa y claramente fingida y se aseguraba de no olvidar auspiciador alguno.

Lo que me llamó mucho la atención fue el desplazamiento de las cámaras y los travelling, que no son otra cosa mas que llantitas especiales para las tomas que requieran movimiento físico. Allí conocí a Don Gerardo. Sexagenario camarógrafo de más de cuarenta años de experiencia y trajín por todos los canales habidos y por haber. Veía con atención sus tomas, mientras desajustaba la manecilla para inclinar la toma, y a la vez salirse de foco y perderse lentamente al vacío. Todo un maestro. Y vaya que lo fue para mí.

Aquella vez los muchachos del curso de especialización (unos diez muchachos estudiantes de comunicaciones, entre los cuales me encontraba yo) habíamos sido pre-seleccionados por una cuestión de notas, habían 2 puestos libres, nos iban a tomar una prueba luego de aquel programa del mediodía.

Cuando llegó mi turno, casualmente la que me tocó fue la Sony DVC PRO que hace unos instantes Don Gerardo manejó magistralmente. Felizmente mi sentido de curiosidad y atrevimiento me permitió arriesgar a hacer su toma. Ahora pensándolo bien no sé cómo pero lo hice. En el Switcher el director de cámaras veía nuestros movimientos monitoreados. Desajusté la manecilla del trípode Manfrotto, incliné la cámara, mientras imité a Don Gerardo. Empecé con la cámara apuntando al suelo mientras avanzaba cual paso de ballet clásico, delicadamente sin que cabecee la cámara y la levantaba tan sutilmente que parezca imperceptible, y a todo ello ajustar el foco que se ubicaba al lado derecho de la cámara. Enfoque en medio plano a las modelos-que las habían hecho quedar para la prueba- y me perdí lentamente mientras seguía avanzando pasito a paso en forma de arco, tal como lo había hecho Don Gerardo, eso sí, no pude desenfocar, ya la imagen estaba casi apuntando a un “tacho” de luz y era en vano ya. “ok, gracias” dijo la asistenta de producción. El siguiente por favor.

Esperé una media hora mientras alguien me toco el hombro. Era Don Gerardo.
-¿Cómo te llamas?
-Ronal- repuse decidido.
¿Crees que puedas hacer eso mañana al aire?
-Claro señor...

Mañana ven y pregunta por mí, hablaré con el director.

-Gracias...



Puedo recordar como si hubiese sido esta misma tarde, ver la cara sonriente, gastada, cansada y con verruga incluida en la mejilla derecha del que fue mi maestro.

Aquel día no veía la hora de que sean las 10 de la mañana del día siguiente, me imaginaba ya con el chaleco distintivo del canal, con mis enormes audífonos, mi Handy en el bolsillo (intercomunicador), mi carné de prensa colgado de mi cuello cual medalla de honor. Imaginé tanto esa tarde, que luego fue noche, y noche que no pudo cobijar sueño alguno. Eso sí, no me imaginaba, que al día siguiente el destino me iba a jugar una mala pasada. Claro, siempre echándole la culpa al destino...

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