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No me preguntes por qué me siento aquí... no, no, no una sensación de estar en este lugar, en este preciso momento, sino, sentarme aquí. Mover mis rodillas como si tuviera ganas de ir al baño, haber prendido el televisor/LCD hace uno segundos para oír voces a lo lejos, sentir la textura cuadriculada de este teclado y escribirte sin hacerlo. Soy con estos actos un ser dependiente de estas cosas que ya son parte de mi vida, Un televisor que no veo, un computador que soporta mis noches y mis reniegos, mis mañanas y mis quejas, mis tardes y... bueno, en las tardes no la uso. ¡Pero vaya que la extraño!. Debería comprarme una laptop ¿No te parece? Sería lo ideal, aunque lo ideal parece trillado, me imagino tu risa desquiciada al analizar lo que acabo de escribir... Una Laptop y yo, caminando con ella y escribir en la banca de una plaza. Por eso tu risa, porque sabes que sería más fácil que me la arranchen, a que yo me la compre. Y es que hay muchos amigos de lo ajeno por esta ciudad terriblemente gris.

Gris...

¿Recuerdas que vestías de gris cuando te vi parada en ese cajero automático? Era imposible no verte, total, era una fila de tres y tu estabas en medio, esperando como yo. Debes saber que aquel día me dije: ¿Cómo alguien puede escoger ese color para vestirse? Y lo dije con cólera porque yo no elegí vestirme religiosamente de lunes a viernes (y sábados si había entrenamiento de escoltas) en el colegio. Detestaba ese color, ahora me resulta casi inimaginable lo real, el haberme levantado por once años a las seis y media de la mañana, y ver en el ropero ese gris deprimente del pantalón. Pero tú habías escogido ese color para una blusa de mangas cortas, y el cabello sueltísimo. Me miraste con un poco de desconfianza, y creí que pensabas que tal vez era un pilluelo que quería ver la clave de tu tarjeta de crédito.mientras sacabas tu dinero. Y ahora que me conoces tanto y que los años han pasado, pues no puedo evitar el no liberarme de esa sensación. Los juicios precipitados y lo que producen en mí. Ese día por ejemplo yo sabía que no era ningún estafador, yo, así como tú, aquel domingo había ido a sacar dinero y si te miraba tanto era porque me llamo la atención lo feo de tu blusa. Pero tu mirada de reojo no me dejó tranquilo, y no pude sino decírtelo, y ahora que lo recuerdo, si no hubiese levantado la voz y mirado a los ojos y decirte que no, no soy un estafador, ¡no me mires así...! no habría visto tu sonrisa.....Y reíste, claro que lo hiciste, y al mirarte así, tu rostro no encajaba con tu blusa ni con el cielo tristemente gris de Lima. No pues, lo dulce no encaja con el plomo rata.
Me pediste disculpas, y pensé que también debías pedir disculpas por usar ese color de blusa.

Aquella mañana te marchaste en sentido opuesto al mío, hablamos unas cuantas cosas más, pero eso sí no recuerdo bien qué fue, sólo recuerdo el remordimiento de no haber preguntado ni siquiera tu nombre.
Yo tenía diecisiete años y estaba en una academia pre-universitaria, por esos tiempos las clases eran tan intensas que pasadas ya algunas semanas no sabía ni siquiera el nombre del compañero que se sentaba al costado mío en clase, tampoco el tuyo. No sabía quién eras, de verdad, hasta que llevaste otra vez esa blusa. No lo tomes a mal... pero aquella mañana entre problemas de álgebra, cuadernos y la voz del profesor...me llamo la atención otra vez tu blusa, quise verte bien el rostro, y sonreí al saber que eras tú. No entendía ni entiendo por qué habías elegido sentarte tan atrás. La fila de los relajados. Esta vez llevabas unos anteojos que te calzaban muy bien, es más te daban un aire muy intelectual, tenías el cabello mojado y suelto, y juraba que, aquel día en el cajero automático, tenías menos edad, pero.... estabas en mi salón, vaya casualidad, vaya conspiración. Y me resulta difícil aceptar que te llegué a conocer por intermedio del color que más detesto, es más, sigues usando ropa de ese color y encima con mi dinero, es mas bien una relación de amor y odio. Y estoy seguro que tu perceptibilidad lo sabe, por eso tú, terquísima, sigues comprando ropa gris. Qué manera de llamar mi atención.

Al escribirte esto y escuchando un poco de jazz, recuerdo como acto mágico el día que por fin supe tu nombre, y que te esperé a la salida para abordarte. Definitivamente me impresiona lo trascendente de la casualidad, o de los actos justos en el momento adecuado. No me imagino ahora, lo que es un despertar sin estar a tu lado, al lado derecho de mi cama. Sagrada Contemplación. El verte tan vulnerable y tan callada, es más debo de confesar que siempre me levanto mas temprano que tú, y asi verte dormida unos minutos. ¡Y pensar que aquel día que te aborde, estaba a punto de darme por vencido! pues estabas con algunas amigas, y yo estaba terriblemente solo. Y en ese momento me maldije por ser tan antisocial, defecto que ahora ya lo he superado gracias a ti. Ciertamente siento que supiste quién era, supiste mis defectos, supiste mi odio personal al gris, lo supiste... entonces todo fluyó. Y te reías.... oh mi cruel amiga-amante-esposa, sonreías tanto aquella tarde cuando te dije que te vi por primera vez en un cajero automático. Y tú no me recordaste, eso me dolió en ese momento, y de verdad nunca te lo dije, pero me dolió mucho, porque creía tener algo que hacia recordar a las personas, papá me decía que es bueno mirar a los ojos y dar la mano con seguridad y con firmeza, había tomado clases de oratoria, y no vestía tan mal, en realidad, era en ese entonces mucho más vanidoso de lo que soy ahora, y ese día en el cajero tenía una preciosa camisa celeste y un pantalón de vestir, una billetera en el bolsillo de atrás, cosa que ahora me dices que te encanta. ¡Y me dijiste que no me recordabas!, y bueno, en realidad yo tampoco te recordaba, sino por la bendita blusa, creo que estamos a mano.
Te acompañé aquella vez al paradero a tomar tu micro, supe tu nombre, experimenté aquel día lo que tu risa podía hacer conmigo, me despedí de tí, abordaste tu transporte mientras el cobrador te miraba lujuriosamente y pensé en asesinarlo. Es raro pero aquel día me llené de mucho más entusiasmo, tanto entusiasmo que parecía un niño. En las mañanas me levantaba más temprano. Y pasaba mucho más rato de lo habitual en el baño, me probaba tres, cuatro, cinco camisas, la celeste, la azul, no, mejor la crema con rayas blancas, y al reflejo de mi espejo le hablaba creyendo que eras tú. Imagínate.
Yo estaba listísimo en el salón, y recuerdo que tú aún no llegabas. Mis compañeros seguían llegando, también el profesor, y tú no llegabas. Supuse que llegarías a la segunda clase, te seguí esperando y mientras lo hacía me preguntaba qué era lo que me había gustado tanto de ti, tus cabellos siempre sueltísimos, casi castaños y casi ondeados, o tu airecito intelectual. O el hecho de que sonrías cuando te hablo, como si la vida para ti sería tan fresca, y tan a tu modo. Tal vez era eso... tu modo de mirarme, o de hablarme, pero por sobre todo y ante todo, el sentir que me conocías tanto, y por eso tú y tu sonrisa. Siempre tu sonrisa. Llegó la profesora de la segunda clase, Mi camisa crema y yo te esperábamos, y a esa clase, en ese día, no llegaste.
Créeme mi amor que eso me sorprendió, el hecho de que te extrañe y te espere tanto a tan solo un día de haberte hablado como Dios manda. Entonces la siguiente ocasión te esperé aún más para preguntarte en por qué habías faltado. Y ahora me da risa eso, ¿Sabes por qué mi chiquita de la blusa fea? Porque ahora sé que tarde o temprano tú y yo íbamos a terminar juntos al fin.

Y como en todo, o casi todo. No recuerdo por qué no llegaste ese día, pero sí recuerdo una frase que me causó mucha gracia y que la dijiste de la manera mas resuelta: ¿Puedes acompañarme a compra unos libros hoy?. ¡Claro que puedo! Y al salir de la academia no te acompañé al paradero, esta vez fuimos más lejos, caminamos hasta esa vieja galería de libros usados, ese día soleaba mucho, y tus mejillas estaban coloradas, quise pensar que era por mí, me hablabas de tu papá que falleció, te dije que lo sentía mucho, me dijiste que no era para tanto, que no lo conociste hasta cuando tenías 13 años, que vino después de abandonar a tu mamá, que ella sacó sola adelante a la familia... Y te oía tanto que amaba tu manera tan fresca y directa de decir las cosas. Te dije que me gustaba mucho tus anteojos, y me dijiste que lo sabías, que por eso no te lo sacabas, aún así de ya pasada media hora de haber salido de clases, ambos reímos y ambos caminamos, y los libros que compramos aquel día soleado son testigos que que mientras me contabas de tu mamá la heroína y yo te contaba de mi empeño por no defraudar a mi padre el estricto... aquella mañana supe que debía estar a tu lado.
En los días venideros en el salón de clases, cada vez te acercabas más al pizarrón, y en ese entonces prefería pensar que te acercabas más a mí. A mi primera fila, a la fila de los aplicados. Alguna vez me dijiste que debía dejar de usar camisas, que de vez en cuando unos polos no me caerían mal. Te dije que me acompañes a comprarlos. Y es que por esos tiempos a mi padre le decía que necesitaba tal o cual libro y sin interrogarme mucho me habilitaba el dinero. Recuerdo a hora a mi viejo... y lo extraño tanto mi amor, él también te quiso tanto... Fuimos a un centro comercial, y en el pabellón de ropa varonil, escogiste unos polos estampados que en esa época estaban de moda por una cuestión "metrosexual", de la generación más fracasada del fútbol peruano, y, aunque si bien no era de mi estilo, los compré porque a tí te gustaban. Porque me decías que me quedaban bien. Y yo te creía.

Empecé a dejar los pantalones de tela, o de vestir, o de dril, o como les digan, y vestía solo jeans. Cada vez te acercabas más, y ya estabas a mis espaldas, detrás de mi carpeta. Eso me gustaba tanto. Era un perfecto intercambio, en los recreos me acercaba y practicábamos los problemas que en clase no podías resolver. Y te veía tan atenta, tan receptiva, me sentía tan importante para ti. Y en mi mente decía Te Quiero. Y mientras a veces tú renegabas de una ecuación, yo te miraba con estos ojos que a pesar de los años aún te ven así, caprichosa, impaciente por aprender rápido, molestísima cuando no podías y dibujabas esa, tu carita de niña majadera.
Me presentaste a tus amigas, yo a los míos (el estar enamorado te hace comunicativo). Pero siempre nos gusto estar solos. ¿Sabes? a veces agradezco a Dios el que no haya desistido, aquella vez que me dijiste que en Setiembre volverías a Ica, "¿Eres de Ica?" Me dijiste que me traerías un vino. Te tome la palabra pero no podía sonreír. Alguna vez me dijiste que en Ica habías dejado a alguien "especial". Jamás volví a tocar el tema de Ica, tal vez por temor. Sí. definitivamente fue por temor a que me digas que allá dejaste a un heroico enamorado, o noviecito ilusionado que esperaba tu regreso. Odiaba la palabra Ica, como odiaba el gris. Nunca hablamos de amor de pareja, nunca me preguntaste si tenía enamorada, tampoco te pregunté si tenías enamorado. Nunca.
Mi amor, ¿Recuerdas esa primavera? ¿Ese Setiembre que tenías que viajar a Ica para pasar "La Vendimia" con tu mamá la heroína y tu hermanita menor que de seguro se parecía a ti?. Debías tú saber que no quería que te vayas, quería perderme todas la veces que pudiera contigo después de clases, quería que me digas todos los días qué polo y qué estampado me cae mejor. Porque bien sabes, pequeña viajera, que cuando tenías dieciséis eras mi modista, y yo tu profesor. Eso le decíamos a nuestros amigos para justificar el tiempo que pasábamos juntos, que cada vez era más. Y reíamos, como me enseñaste, como me enseñaste, como me enseñaste. Y lo repito tres veces porque así lo saboreo más Y así, pequeña cruel, me dijiste una vez -y de la manera mas resuelta- que viajabas un viernes... y me atormentaba la existencia de ese alguien “especial” del que alguna vez me mencionaste. Y no podía aceptarlo, y llegó el martes... y no podía dormir, llegó el miércoles, ¡era una tortura!, y llegó el jueves, y te quise buscar, te quería decir que te amaba, que lo había hecho desde el primer momento que te vi sonreir, que agradezco a tu blusa por haber llamado mi atención. Llegó el viernes en la mañana... y te vi, permanecías en la puerta del aula, tus ojos marrones, tu cabellos sueltísimo como siempre, tus anteojos de carey, que nunca te los sacabas, tus manos en la cintura, exigiéndome lo que mi corazón también exigía... lo sabía, tenía que hacerlo... te cogí de la mano y te dije que ¡no! Que ¡no te vayas...! no te vayas sin antes saber ...¡que te amo!, que te amo a ti y a tu blusa gris, que amo cada instante que paso junto a ti, y que tengo miedo que te vayas y que no regreses. O que regreses...pero acompañada... Y que si es posible mi iría contigo. ¿Me iría contigo? Y mi boca pronunciaba mi verdad al ritmo de mis pálpitos, Y en ese momento, en esa mañana los tiempos y las preocupaciones no existían más, y tú me miraste como nunca lo habías hecho, y por debajo de tus anteojos caía una lágrima, te la sequé delicadamente levantando tus lentes, y me dijiste.... me dijiste que ¡me amabas también...!. Y no pude sino abrazarte y acercar mis labios a los tuyos... aquella vez te bese tanto, y te sentí tan mía, que quise que seas mi enamorada, y te lo dije, te lo pedí, te lo exigí, y tu lágrima ya se había escondido para regalarme la primera sonrisa en este viaje sin retorno, este viaje que desde aquella vez emprendimos tú y yo. Recuerda mi amor, recuerda chiquita, recuerda traviesa, que aquella vez no me importó nada, ni ecuaciones, ni mis libros, ni mis clases. Sólo faltaba una nota y emprender mi locura, un papel colgado en la refrigeradora de mamá: "Ya vuelvo, el amor me llama en Ica" sostenida por el magnetismo de un adornito en forma de uva, y uvas era lo que nos esperaban en esa Vendimia, una fiesta llena de vino, e inundada del amor despreocupado y loco que te tenía, que te tengo...y que te seguiré teniendo, como hoy a mis sesentaicinco años y la vida que tengo para agradecer a ese viernes sagrado en esa mañana bendita y a mi aventura primaveral de olvidarme de lo que me exigían, y darle prioridad a la dulce magia que me hizo nacer nuevamente.. en tí.

¡Ah mi vida!, ha pasado tanto años, y al recordar todo, puedo sentir otra vez mis diecisiete años, sentir tus dieciséis, y besarte como dos locos y enamorados adolescentes, y creyendo que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, a cuatro horas de Lima, en un lugar llamado Ica.

Retrofuturo (Año 2048)