Hace trece años

-Acaba la sopa…-Me dijo mi hermana cuando me vio despistado jugando con la cuchara y la sopa.
-No me gusta el zapallo…
-Mira, si no te gusta, aplástalo… así mira…
Y cogió mi cuchara favorita, esa que tenía una estrellita de Israel y que no permitía que nadie más la use-
-…una por una… y la disuelves en la sopa, ahora, prueba.

Y lo hice, y vi su gesto de expectación de saber si me iba a gustar o no. Vi su rostro… y probé.

-¿Y?

Y sabía igual de horrible, pero ¿cómo desairarla?

-uhmmmm!!!! Esta riquísima -Dije cual mentira blanca de un niño de 8 años…

Ayer vi a mi sobrino viendo una sopa inapetecible, me fijé en el plato, y había dejado puros pedazos de zapallos… Entonces mi hermana, ahora ya mamá, le dijo lo mismo que a mí, hace 13 años…

-Come la sopa…
-No me gusta el zapallo- Dijo mi sobrino.
-Mira, si no te gusta, aplasta el zapallo, así mira…

Y ahí mi hermana aplastando los pedazos de zapallo, uno por uno, sabía que seguía después:

-Ahora lo disuelves en la sopa… ya… Ahora prueba…

Y mi sobrino de 8 años probó, guardo silencio, miró a su mamá, luego le busqué la mirada, le sonreí como mandándole el mensaje sin palabras…

- ¡uhmmmm, ahora si pues!

Y me vi en él, y quise que mi hermana nuevamente me diga que disuelva el zapallo, y mentirle otra vez, y decirle “si hermana, está riquísima...” y sonreírle otra vez, y luego, de terminar la sopa, irme a jugar fútbol como aquellas tardes en mi barrio. Pero lo volví a vivir, esta vez, con mi sobrino.

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