Y Yo... Y Yo...

Y allí la taza de café, marcada por su lápiz labial, en perfecta armonía con las florcillas rosas, contrastado con el blanco de la loza, me recuerda que estuvo aquí.
Esa voz que trato de ignorar hace que presuma que es un desvarío más, un espejismo en el desierto de ésta, mi despreciada nostalgia.
Permanezco impávido ante la corriente de sensaciones que me toman por asalto. Siento terriblemente hondo este resonante, terco y sumamente gastado corazón.

Las caricias obedientes, intensos movimientos, lo pálido de su piel, su embrujante desnudez, lo rizado y castaño de su cabello señalando en curvas los montes vivos de su magnífica feminidad, lo sañoso de las comisuras de sus labios, boca semiabierta, mirada en infinita pasión...

Y Yo... y Yo...

Logro que la realidad vuelva, y habite y se asiente por fin en esta habitación. Pero encuentro la ventana llamándome, captando mi atención, y la siento como un hoyo negro hacia otro universo de misterio y ausencia, ausencia de ella, de su partida en el Abril de mi vida, y en el triste Diciembre de la suya. Una lágrima asoma en su nombre y prefiero creer...prefiero creer que es la llovizna de allá afuera transportada por el soplo mágico de su voz. Incontrolables recuerdos arañan hasta el último rincón de mí, esos rincones que ella descubrió.
Y Ahora...Y Ahora...

El abrazo fuerte que me rogó. Sus lágrimas y rezos que provoqué. Ese brillo en sus ojos que no pude descifrar, ella sentía –con la complicidad de su naturaleza de mujer- la seguridad que era la última vez que me iba a ver y penosamente tenía razón. Maldigo lo extemporáneo de mi entendimiento. ¡Maldito orgullo!.

Despierto con la sensación de mis dedos al palpar este húmedo papel que soportan mis lágrimas, retomo la cordura, el control de mí.
Pero el danzar condenado de las cortinas en coreografía con mi quimera me atrapa, y caigo y me levanto, y vuelvo a tropezar, y arrodillado rasguño la tela azul, y me seduce pensar que perdieron su cesantía por los delicados vientos que su paso dejó. Quiero creer. Y ¡creo!.

¡Si! ¡Si! Acaba de pasar por aquí, ¡Yo la vi! Amigos, ¡Juro que lo hice! Toque sus pies descalzos, sentí sus pantorrillas con mis mejillas, mordí con desesperación incontrolable su vestido, ¡la tuve una vez más! Cayó en mis brazos inundados de amor...

Y Yo... Y Yo...

Ya la Madrugada hace de este escritorio, de papeles desordenados adrede, un tablero que expone mi desnudez:
Lo práctico y lo dramático, lo fugaz y lo eterno, lo pensado y lo llorado, lo terrible y lo tierno, lo fuerte y lo dócil, y tus témpanos y mis llamaradas, y las plegarias al viento que alguna vez me dedicó, y lo sufrido y lo gozado, y el silencio de nuestras voces en el subsuelo ya sepultado, y el desquicio que nunca pedí, y su amor y ...

Y Yo...! Y Yo...! ¡Mi Eterno Yo...!

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