La Srta. Victoria, Mompusin y QuiniBush

En esas tardes frías de aquella ciudad suspendida en el tiempo y la modernidad, con ese aire helado que a bocanadas penetra sin pedir permiso a mis adentros e inundándome de su sabor a desolación, me encontraba de pronto en lo que antes había sido el hogar de mi familia. En ese lugar que tantas veces relatado por mi madre.
Cuando era niño y la imaginación dominaba cualquier tipo de realidad, me sumerguía en la forma tan triste que mi progenitora narraba las experiencias vividas allí. Aqui. Hoy, lo veo, y siento que lo conozco en todas sus formas. Un amplio verdor sin nadie que coseche, sin nadie que riegue mas que la generosa lluvia. Más de mil metros cuadrados en ese lugar abandonado, tan solo una viejas paredes de adobe de una tienda que ya no es tienda, y la trastienda huérfana de ella.
Hace un frío terribe aqui, y yo, despues de 18 años vuelvo, no puedo pedir a mi memoria que recuerde detalles pues, tenia 5 meses cuando partí.
Mi vida se tornó siemre en la comodidad de una cálida casa, dormitorio propio pintado en ese celeste frío, juguetes de colección cuaros de mi equipo de fútbol favorito, televisor, equipo de sonido , un piano, teléfono... Y es comprensible la acctitud de mi Mama cuando le dije: Me voy...
-¿A dónde?, y me miró como sólo una madre puede hacerlo al despedir a su hijo.
-A encontrarme conmigo mismo.- le dije, y sus desesperación se acrecentó al no entenderme,- Tengo 18 años ya y quiero ser independiente.
Lo demás no lo contaré pues, está demás decir que sobrevino unas escenas de exaltación no mesurada, pero comprensible. Y así hasta que pasaron las semanas y mi familia no tuvo mas que aceptar mi entercamiento.

Partí un tarde de Febrero, mis amigos creyeron que me fugaba con una fémina, y yo sólo atinaba a reirme, los veía tan inmaduros.
Casi 5 dias en autobús por paisajes tan maravillosos que ni Discovery Chanel han captado en su vida. Me sentía tan libre que hasta cuando dormía una sonrisa cómplice dibujaba mis labios.
Cuando era de noche me inundaba una misteriosa "soledad que acompaña", y me ponía a conversar con ella. Tuve que acostumbrarme a las miradas raras de mis compañeros de viaje, entre ellas una chica francesa que fumaba tanto que había llenado de ceniza las bolsa de papel que la terramoza distribuye para cualquier eventualidad desagradable (léase vómitos).
Y asi entre el mágico celeste que se torna un atardecer entre esas cordilleras y pueblos lejanos, olvidados.. pero tan humanos... Recuerdo claramente las caras de esos niños que señalaban el Bus y paraban de pastear sus ovejas, sólo para ver pasar al Bus, si hasta parecía que las mismas ovejas nos miraban. El Bus de dos pisos, -supuse- era un acontecimiento. Yo arriba, desde el primer asiento, por encima del chofer, y éste tocando la bocina como un juego ya establecido con los pastorcitos. En aquel pueblo de una capilla, una plaza y no más de 30 casitas con cruces de metal y flores de plástico en sus techos de tejas.
-Es para protegerse de la brujeria.- alcanzó a decirme la Sra. del asiento posterior que hababa toda la noche con su seguro esposo, al verme tan contrariado.

Y así amanecía donde ya mi celular no tenía señal: "Modo Viajero" parpadeaba la pantalla en el oscuro del bus.
En uno de los 4 televisores pasaban películas que no llamaban mi atencion: ¡Cómo ver TV con todo lo que hay detrás de las lunas de Bus!.
Aún puedo sentir el murmullo de ese río que bajaba de aquella quebrada de piedra, mientras el Bus arreglaba no se qué. Abrí la ventana, era de madrugada, y ahí, en una claro de luna con un sinfín de estrellas llegaba a mis pupilas ese fulgor de un rio que me hablaba. Solía preguntarme qué afortunados son los que pueden vivir en el lugar que desean. Y mpas aún los que estabn dispuesto a ir por ello, a buscar su estrella. Pero por otra parte podía respirar la misería económica de aquellos habitantes. Tan contrariado estaba, que esa vez dormí con muchas preguntas sin responder.
Y asi con el viaje mas extraordinario de mi hasta entonces monótona vida llegué a casa. Aquella casa en donde nadie me esperaba...
O al menos eso creía yo.

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