Vestía unos falda negra con flecos dorados, el cabello tirado a un costado que descubría lo pálido de su piel, su figura se difuminaba con la mañana fría, parecía obligada a caminar por esa calle de sauces radiantes que avizoraban el inicio de una primavera más. Un Domingo en la mañana, en aquella residencial caracterizada por el sosiego y donde hasta las sirvientas tienen permiso de levantarse tarde. Los parabrisas de los autos estacionados reflejaban los primeros rayos del tímido sol del alba, y en esa residencial, en esa vereda, en esa mañana... resultaba más que desconcertante ver a una mujer que a pesar de la careta de maquillaje, sombras y labios negros no superaba la mayoría de edad.
Permanecí en mi asiento, quieto. Seguía cada paso suyo, había captado toda mi atención. Mi rutina por esas calles había hecho de mí un espía sin propósito alguno más que satisfacer mi sentido de observación es esos pequeños detalles que generalmente son desapercibidos por el común habitante, el típico ser humano: Los rulos cada vez más ralos y canosos de la señora de la casa verde que siempre pide 15 panes de yema, y su ridículo peinado. Mi espera sagrada de cada domingo del pedido de la bella joven de los 40 panes y 2 pudines y que últimamente estaba engordando, o algunas de las sirvientas que me llaman por mi nombre, sé lo que piensan de mí: Son las 6 de la mañana, el joven panadero ya llegó.

Sí, un joven panadero de 17 años, con este trabajo que me juré a medio tiempo y que me permite pagar unas clases de computación en un instituto de la Av. Arequipa, salir los fines de semana en invitar a mis amigos unas cervezas, anhelar una enamorada como las chicas que salen de aquellas casas, aquellas casas donde trabajo, pero sólo de medio tiempo, claro está.

Pero algo nuevo pasó esa mañana, una chica con un look que vi alguna vez por una calle del centro de Lima, en el camino a la feria de libros usados donde puedo conseguir los textos que piden allá en el instituto que me enseñara el camino a salir adelante. Y es que me he jurado volver a esta residencial de acá a unos años, no como un panadero de camisa blanca y este ridículo sombrerito que me obligan a usar, Sino como un “monstruo en la computación” como dice el comercial de mi instituto.

Se sentó al lado de la vereda. Noté que una línea negra dividía su mejilla, el rimel hacía de ella una triste figura, parecía actuar en una película, y quise en ese momento ser el protagonista del filme.

Di unos cinco pedaleos lentos hasta que llegué al frente de ella, no levantó la mirada, el cierre de sus botas de cuero estaban semiabiertas y parecía mirar las hojas caídas y que mi amigo Juancho iba a barrer dentro de un rato.

-¿señorita, se siente usted bien?

No tuve respuesta, ni movimiento alguno. Supuse que la madrugada había acogido a ella y sus ganas de divertirse pero... ¿Qué hacía sola, ebria y sin sus amigos?

-Señorita...

Y como un reflejo levantó la cabeza y clavó su mirada en el centro exacto de la mía.
-Hola... –dijo y me sonrió de manera forzada.

La imagen que vi tambalear se había esfumado y puesto en evidencia su frágil naturaleza, comprendí que ese lugar le resultaba tan ajeno como a mí.

-¿Pudo ayudarla?

-Ayudarme con qué.- dijo al mirarme de pies a cabeza- si eres un pobre diablo.

-¡Qué!

Su cara mantenía viva una sonrisa maliciosa, había notado un ligero brillo de maldad en sus mirada. Gozaba de un desquicio descarado.

-¿Qué le supone que soy un pobre diablo? Mírese, usted realmente me inspira mucha pena, ¿qué le paso ah? hasta sus boca esta negra

-Así me la pinté imbécil, así somos los punks...

-Vea usted señorita, respetos guardan respetos, además por mi trabajo conozco personas que gustan mucho del pan... loc cahitos... los toletes, pero es usted la primera persona que conozco que quiere ser un pan, está usted loca, no hay duda.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Resistencia