Años atrás tome sin permiso una tela de pana azul cuadriculada, de un cochecito de bebes de fabricación artesanal que mi mamá en ese entonces vendía, tenía una tira por donde podía colgar de mi cuello. Con esa improvisada capa de algún superhéroe azul inexistente, fui a la casa de mi amigo Chumbe a las 6 de la tarde como habíamos acordado el día anterior. Antes de tocar la envejecida puerta de madera, distinguí alguna voz proveniente del interior de aquella casa situada casi en la loma del Cerro “Camote”. Parecía ser la voz de una niña. Eran sollozos agudos que se disimulaban con el cacareo de las aves de corral de mi amigo del colegio. Con suma cautela me acerqué a la puerta para escuchar con más atención, como si la capa que colgaba de mi cuello me diera poderes excepcionales de audición. Lo distinguí bien, era Chumbe.

Decidí tocar la puerta fuertemente hinchando el pecho, después de unos minutos de paciente espera abrió la puerta mi amigo. Se había lavado la cara y me hizo pasar. Aquel 31 de octubre Chumbe y yo paseamos por su jardín de arena que se mezclaba con el aserrín de su padre cuyo nombre no recuerdo, solo que era carpintero y malhumorado. Aquella tarde teñía el cielo de violeta, las primeras luces de los postes se encendían, y allí arriba, en la loma, en medio de la arena que Chumbe aseguraba era su jardín, él y yo nos sentamos en unas banquitas de madera Me dijo que su mamá había salido con su hermano menor y que no podía salir a pedir caramelos hasta que su mamá venga. Le dije que podía esperar. Recuerdo claramente aquel día de octubre me quité los zapatos y hundí mis pies descalzos en la arena mientras Chumbe me preguntaba qué superhéroe era yo.

-No sé, no puedo decir que Batman y ni Superman, mi capa es azul y no negra ni roja.
-Si pues ¿no?
-Ah…

La luz amarilla del alumbrado público que se colaba por los agujeros del techo y las rendijas de la puerta: daban una sensación extraña. Mis pies se hundían más en la arena, el viento que congelaba mis mejillas, la noche ya nueva, la casa oscura, olor a kerosene, a madera vieja, a caca de gallina, a cuyes y alfalfa. Quería preguntar por qué había llorado, yo lo había descubierto, estaba llorando, quería que me lo dijera, aún sabiéndolo, pero no, no lo hice, era suficiente.


-Aún así que mi mamá venga, no puedo acompañarte Ronal.
-¿Por qué?
-Mi mamá no me dará permiso…
-Ya pues, si ese día que fue al colegio yo mismo le dije para salir a pedir caramelos.
-Si, pero no
-Cómo que no
-No pues, no
-Ya pues, no seas mariquita
-Además no tengo disfraz… y tengo que cuidar mi casa, mi papá se amarga
Y con esas palabras Chumbe se puso de pie, y se adentró a la sala/comedor/dormitorio en medio de la oscuridad. Encontré mis zapatos y fui detrás de él. Estaba prendiendo una vela.

-No hay luz ¿no?
-Si hay, lo que pasa es que así es más chévere
-Ah... ¿oye te quedó cartulina?
-Sí, claro, tengo un poco ¿para?
-Para hacernos máscaras
-No, no voy a salir, ya te dije.
-Para mí aunque sea pues, no tengo máscara
-Ya, ya…

Sabía que era fanático de los Power Rangers, aunque a mí jamás me gustó, sus historias siempre repetidas, el monstruo gigante de siempre me parecía patético, pero a él le gustaba, y yo estaba dibujando la máscara de uno de esos, lo pinté de azul, le puse unas pitas de pabilo como un antifaz y me la puse.

-¿Un Power Ranger con capa azul? Dijo Chumbe.
-Ajá
-Ningún Power Ranger tiene capa azul, estás loco.
-Es un Power Ranger personalizado, pues, no hay otro igual.
-La gente se va a reír
-¿Quieres ponértelo?
-No gracias
-Bien que quieres, ya pues póntelo- dije sacándome la capa y colgándosela del cuello.
-¿Ves? Se siente paja ¿no? Haré una mascara mas
-Espérame, tengo cartulina roja…

Ya era de noche cuando convencí a Chumbe a escaparnos a pedir caramelos

-Pero, tengo que buscar a mi perro y encerrarlo, aquí hay muchos choros

¿Pero qué te van robar? Pensé para mis adentros, mientras Chumbe con su máscara roja y mi capa azul buscaba a su perro.

Dimos la vuelta al cerro, allá en Valle Sharon habían bastante tiendas y siempre dan. Recuerdo que conseguimos muchos caramelos, que siempre le preguntaban a Chumbe que superhéroe era, que una señora ya viejita y con lentes gruesísimos le dijo que daba una Fruna si se cantaba dos valsecitos criollos, recuerdo que terminamos cantando una partecita de Del puente a la Alameda de Chabuca Granda pues nos la aprendimos de memoria para una actuación en el colegio. Que fuimos muy lejos y a tiendas desconocidas, mas caramelos, tiendas y mas tiendas, que nos topábamos con niños con máscaras de plástico, otros de hule, otros con su calabacita anaranjada para depositar sus caramelos, otros niños acompañados de sus padres, mientras Chumbe y yo seguíamos yendo en medio de la noche con nuestras bolsitas de plástico llenas. Chumbe reía como nunca lo había visto.

-¿Señor? ¿Cómo se llama este lugar?
-Ciudad
-¿Para llegar a Valle Sharon tengo que irme de frente no?
-Si, pero mejor tómate un carro. La D1 pasa.
-¿Carro?

No recuerdo qué hora era pero era bien tarde, nos regresamos corriendo, me devolvió mi capa azul, y nos despedimos en una esquina. Cuando llegué a mi casa mi mamá todavía no había llegado. Mi hermano mayor hacía su tarea con el televisor prendido.


A la mañana siguiente Chumbe no fue al colegio, el martes tampoco. El miércoles vino, con su papá el carpintero malhumorado. Me acerqué a su carpeta, estaba callado. En el recreo lo busqué y le dije para jugar a las olas*. Se había sacado la casaca y note que tenía unos moretones en el ojo, y un raspón en el brazo.

¿Qué te pasó? Le dije
Estaba cabizbajo, siempre callado, hasta que alzó la mirada y dibujó una sonrisa de medio lado:
-Nada, nada… solo que, Los Power Rangers siempre se pelean ¿no?
.

.
.

.


Años después comprendí por qué Chumbe había venido golpeado.
.
.
.
.
.
.

*El juego de las Olas consistía en que al menos un grupo de 5 niños se cogían de las manos simulando ser una ola y encerraban en un círculo humano a sus ocasionales presas (generalmente compañeritas del salón)