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ElCortaVenas
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¿Es ese un perdón?

Todo esta distintamente igual.
Mi impaciencia se presenta aún, hace mella en mí como un trago amargo que ensombrece a la noche. Lo sé muy bien por cuanto no es solo impaciencia, es una amalgama de desesperación, represión, angustia, autoflagelación y extremismo. La lenta caída de todo movimiento para no trascender de la carne, con el cuerpo desecho y algo de líquido que brota de los ojos que no quieren ver más allá de la sensación de un cuerpo que gime en su dolor, que araña su pecho y quiere huir de su propia voz.
Todo es tan distinto, y sigue siendo tan igual, digo, tan igual, aún lloro al no encontrar cosas que se pierden en mi desorden, la idea de querer saber qué es no sentir, de tragar este grito y gritar tan fuerte que despierte a todos en esta casa. No soy más que algo que dice intentar, arrancar delicadamente la cálida textura de ese resonante que mi percho encarcela, que golpea y dice y repite que uno está vivo.
Te oigo! Estás ahí, lo sé y digo no saber, pretendo que nadie sepa que es tu voz la más dulce y terriblemente triste, que viene con la voz que contiene todas las voces: La voz del viento. Ese eco eterno de lamentos de los que ya partieron, pero yo, yo distingo a tu voz, me quieres decir algo, te escucho en esta tarde, afino el oído porque sé que eres tú quien susurra mas triste, reconozco tu voz en esta fría tarde de otoño. Perdóname por querer escucharte siempre, por abandonar un trabajo, una familia, una vida. Por caminar en las mañanas por las calles que recibieron de nuestros pasos enamorados, cuando tenia yo algo mas de 20 años y tu poco mas de 22, cuando todo era tan nuestro y todos eran tan ajenos, si, estás por aquí, deja que te busque, deja que tu voz me envuelva, que la tranquilidad de tus manos sean estas caricias del viento en este cuerpo trajinado y descuidado desde que te fuiste. Ya no limpio mi piel, ni seco a mis lágrimas, soy la transición exacta de lo humano y tu presencia, que dicen que es muerte. Dime, pequeño, mi dulce pequeño, que desde allá puedes amarme aún, que todavía puedes estremecer mi espalda con las yemas de tus dedos, y amarme de con ese mapa que sólo tú posees y que tiene la ruta precisa para el punto de desposeimiento, de abandono, de locura, de esta locura que dicen que tengo… y que no hablo, que no digo mas nada que balbuceos, no quiero explicar más allá del privilegio de mi silencio, no me preocupo en aclarar el lenguaje que encontré para comunicarme contigo. Pequeño, por qué te fuiste? Por qué no supiste esperarme? Te fuiste solo… ¿Es ese un perdón? No mi amor, esta todo bien, todo esta muy bien, ya pronto estaré contigo, ya pronto se me acaba la piel.
Mi impaciencia se presenta aún, hace mella en mí como un trago amargo que ensombrece a la noche. Lo sé muy bien por cuanto no es solo impaciencia, es una amalgama de desesperación, represión, angustia, autoflagelación y extremismo. La lenta caída de todo movimiento para no trascender de la carne, con el cuerpo desecho y algo de líquido que brota de los ojos que no quieren ver más allá de la sensación de un cuerpo que gime en su dolor, que araña su pecho y quiere huir de su propia voz.
Todo es tan distinto, y sigue siendo tan igual, digo, tan igual, aún lloro al no encontrar cosas que se pierden en mi desorden, la idea de querer saber qué es no sentir, de tragar este grito y gritar tan fuerte que despierte a todos en esta casa. No soy más que algo que dice intentar, arrancar delicadamente la cálida textura de ese resonante que mi percho encarcela, que golpea y dice y repite que uno está vivo.
Te oigo! Estás ahí, lo sé y digo no saber, pretendo que nadie sepa que es tu voz la más dulce y terriblemente triste, que viene con la voz que contiene todas las voces: La voz del viento. Ese eco eterno de lamentos de los que ya partieron, pero yo, yo distingo a tu voz, me quieres decir algo, te escucho en esta tarde, afino el oído porque sé que eres tú quien susurra mas triste, reconozco tu voz en esta fría tarde de otoño. Perdóname por querer escucharte siempre, por abandonar un trabajo, una familia, una vida. Por caminar en las mañanas por las calles que recibieron de nuestros pasos enamorados, cuando tenia yo algo mas de 20 años y tu poco mas de 22, cuando todo era tan nuestro y todos eran tan ajenos, si, estás por aquí, deja que te busque, deja que tu voz me envuelva, que la tranquilidad de tus manos sean estas caricias del viento en este cuerpo trajinado y descuidado desde que te fuiste. Ya no limpio mi piel, ni seco a mis lágrimas, soy la transición exacta de lo humano y tu presencia, que dicen que es muerte. Dime, pequeño, mi dulce pequeño, que desde allá puedes amarme aún, que todavía puedes estremecer mi espalda con las yemas de tus dedos, y amarme de con ese mapa que sólo tú posees y que tiene la ruta precisa para el punto de desposeimiento, de abandono, de locura, de esta locura que dicen que tengo… y que no hablo, que no digo mas nada que balbuceos, no quiero explicar más allá del privilegio de mi silencio, no me preocupo en aclarar el lenguaje que encontré para comunicarme contigo. Pequeño, por qué te fuiste? Por qué no supiste esperarme? Te fuiste solo… ¿Es ese un perdón? No mi amor, esta todo bien, todo esta muy bien, ya pronto estaré contigo, ya pronto se me acaba la piel.










