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ElCortaVenas
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sai ret 'not
Escuchaba una vieja canción en la mañana, de esas que sin mediar protocolo te bombardean con recuerdos más que intolerables. Quizá tengo una especie de pavor al pasado, o dicho de mejor manera, al paso exageradamente rápido del tiempo. Imaginé por un momento estar en mi otra casa, que son las 7 de la mañana y que debo bañarme para ir al colegio. Me tomó algunos segundos situarme en el hoy, con 7 años más y en otra habitación. Me levanté con una sensación extraña, como si tan solo ayer habría tenido 15 años y que de un día para otro amanezco con 22, me reí aún más al recordar que todo eso se parecía al argumento de una mala película americana y decidí buscar el origen de dicha canción, pues sabía que mi mamá había felizmente abandonado la vieja costumbre de prender la radio a las 7 de la mañana a todo volumen (a manera e despertador masivo, obviamente)
Ubiqué mis ‘chanclas’ (leí que le llaman así a las sandalias) después de saludar a mi perro y sin poder evitar que este lama mis pies llegué a la ventana, al abrirlas advertí que la mañana no estaba tan fría como parecía y que hoy iba a solear, … justo como pensaba, la música no venía de mi casa, sino de la del vecino, algo raro pensé pues jamás en los 10 meses que ando viviendo aquí había descubierto dicha costumbre matutina. Terminó la canción noventera y cuando esperaba la voz del locutor de voz afeminada (no sé porqué casi todos los locutores practican esa voz) nacía otra canción del mismo cantante. Analicemos, me dije. Al costado solo vive don Pedro y su esposa, tienen un hijo, Alvino, que ya no vive con ellos. Qué raro.
Decidí salir a la calle, recordando cuando mi padre me mandaba a comprar El Comercio en las mañanas, la humedad en tus mejillas, la gente en los paraderos, presuroso ellos, los colegiales bien peinados, algunos niños de la mano de sus madres. Pasé por la puerta de don Pedro, su cochera estaba abierta, en ella había una camioneta 4x4. Un señor con bigotes y lentes negros descendía de ella, tenía la pinta de esos ‘machos mexicanos’, de aspecto tosco y facciones duras. Sentí que ese tipo me examinaba tras sus gafas negras, apuré el paso y ya en el puesto de periódicos me reí de mí, no tenía ni un centavo en el short. Al regresar a casa supuse que Don Pedro había alquilado su cochera a ese señor, imaginaba el oficio de ese ‘mexicano’ tal vez era farmacéutico (como el ex-inquilino de don Pedro) aunque más parecía mecánico, o quizás mariachi. Al pasar nuevamente por la puerta de la cochera la música de “Los Prisioneros” seguía a todo volumen, el ‘mexicano’ bajaba de su camioneta blanca algunas bolsas, una señora de cabello rojo más allá gritaba algún nombre. No hay duda que eran inquilinos, subí a mi habitación, cogí la billetera y fui otra vez al puesto de periódicos, mis papas aun dormían plácidamente. “Corazones rojos, Corazones fuertes, espaldas débiles de mujer…” y la voz de Navea típica y chilenísima, esta vez Pichirulo, mi perro, me acompañó a la compra, en el puesto de periódicos me encontré con un viejo amigo de la primaria, me hubiera lavado el rostro al salir, me dije, compré un queque para mi perro, pero ya no estaba, creí que se había regresado a casa, pasé otra vez por la cochera ojeando el periódico cuando noto los ladridos de Pichirulo, estaba dentro de la cochera, divisé sus patitas detrás de una cabellera castaña, se estaba dejando acariciar, lo llamé recriminándolo, No lo regañes, yo lo llamé, está bonito tu perro, me dijo mientras sonreía y seguía jugando con Pichirulo -que se dejaba rascar la panza placidamente- Gracias, respondí, y lo llamé nuevamente, la miré unos segundos, tiene bonita sonrisa, cabello castaño y ondulado, tenía sandalias como yo, lamenté otra vez no haberme lavado la cara.
Ubiqué mis ‘chanclas’ (leí que le llaman así a las sandalias) después de saludar a mi perro y sin poder evitar que este lama mis pies llegué a la ventana, al abrirlas advertí que la mañana no estaba tan fría como parecía y que hoy iba a solear, … justo como pensaba, la música no venía de mi casa, sino de la del vecino, algo raro pensé pues jamás en los 10 meses que ando viviendo aquí había descubierto dicha costumbre matutina. Terminó la canción noventera y cuando esperaba la voz del locutor de voz afeminada (no sé porqué casi todos los locutores practican esa voz) nacía otra canción del mismo cantante. Analicemos, me dije. Al costado solo vive don Pedro y su esposa, tienen un hijo, Alvino, que ya no vive con ellos. Qué raro.
Decidí salir a la calle, recordando cuando mi padre me mandaba a comprar El Comercio en las mañanas, la humedad en tus mejillas, la gente en los paraderos, presuroso ellos, los colegiales bien peinados, algunos niños de la mano de sus madres. Pasé por la puerta de don Pedro, su cochera estaba abierta, en ella había una camioneta 4x4. Un señor con bigotes y lentes negros descendía de ella, tenía la pinta de esos ‘machos mexicanos’, de aspecto tosco y facciones duras. Sentí que ese tipo me examinaba tras sus gafas negras, apuré el paso y ya en el puesto de periódicos me reí de mí, no tenía ni un centavo en el short. Al regresar a casa supuse que Don Pedro había alquilado su cochera a ese señor, imaginaba el oficio de ese ‘mexicano’ tal vez era farmacéutico (como el ex-inquilino de don Pedro) aunque más parecía mecánico, o quizás mariachi. Al pasar nuevamente por la puerta de la cochera la música de “Los Prisioneros” seguía a todo volumen, el ‘mexicano’ bajaba de su camioneta blanca algunas bolsas, una señora de cabello rojo más allá gritaba algún nombre. No hay duda que eran inquilinos, subí a mi habitación, cogí la billetera y fui otra vez al puesto de periódicos, mis papas aun dormían plácidamente. “Corazones rojos, Corazones fuertes, espaldas débiles de mujer…” y la voz de Navea típica y chilenísima, esta vez Pichirulo, mi perro, me acompañó a la compra, en el puesto de periódicos me encontré con un viejo amigo de la primaria, me hubiera lavado el rostro al salir, me dije, compré un queque para mi perro, pero ya no estaba, creí que se había regresado a casa, pasé otra vez por la cochera ojeando el periódico cuando noto los ladridos de Pichirulo, estaba dentro de la cochera, divisé sus patitas detrás de una cabellera castaña, se estaba dejando acariciar, lo llamé recriminándolo, No lo regañes, yo lo llamé, está bonito tu perro, me dijo mientras sonreía y seguía jugando con Pichirulo -que se dejaba rascar la panza placidamente- Gracias, respondí, y lo llamé nuevamente, la miré unos segundos, tiene bonita sonrisa, cabello castaño y ondulado, tenía sandalias como yo, lamenté otra vez no haberme lavado la cara.










