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ElCortaVenas
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Anhelo

y el revoltijo que tengo en mi cabeza empieza a fluir inconteniblemente: cuando la nada se ansía, se espera, y es anhelo... Anhelo. Anhelo poder no sentir, sólo unos segundos no sentir este frío en mis hombros y mis rodillas, no escuchar el sonido de este teclado ni el silbido de mi pecho. Expectorar de raíz esto que hace que me acueste y me cubra de sombras para escapar una vez más de ellas y prender esto y escribir y borrarlo, echarme de nuevo y volverme a sentar para luego solo decir: que no puedo decir nada. Quiza sea esto que ato en mi garganta, que me hace transpirar en esta noche, que es la tercera vez que me lavo las manos y me siento nuevamente sucio, y camine por estas esquinas saludando al techo, tomando el quinto sorbo de agua, brindando con el caño y el espejo que pinta mi cuarto de ese gris callado y gélido, que me diga nuevamente que necesito pintar las paredes y cambiar de lugar los muebles, que siento que alguien camina por aqui mientras ya de cansancio caiga entre sábanas y el tic tac del reloj solo sea el único indicio de vida aquí, mientras ya quiera tomar una pausa y ansiar, esperar... anhelar esa nada. Como los días en que la mañana me sorprenda vestido y en mi cama, con la computadora prendida, el teclado mojado y que no recuerde que he llorado. Quizá sea el parpadeo, esa tácita blancura de no mirar, de dejarse caer lentamente, entregado a la pausa, ser solo áura que trasciende y se eleva, que escape de estar cuatro paredes (y de las otras tambien) de olvidar la frialdad de este piso de mayolicas y el polvo que no quiero barrer, de odiar mis zapatos y detestar cuando algo tan simple no me resulta como manejar el Excel, de mañosearme como un chibolo y acusar y patalear, jalarme los cabellos y querer vomitar, descubrir mis pies y mis rodillas que siempre sienten frio y escribir huevada y media en este blog , que a nadie le importa lo que pueda o no decir, y comentar por comentar palabritas clichés... Ver esta impresora no uso porque se le acabó la tinta, y no sé cambiar los cartuchos, que me da verguenza decirlo pero lo digo porque ahora solo expectoro esto que confundo con felicidad, que tengo miedo a fallar, que lloro como un maricón y veo el rostro adusto de mi viejo, callado como siempre, como yo, pero hay pequeños momentos, como estos, donde los límites de la cordura son poco menos que polvo, ese polvo que no quiero limpiar, que invade mi impresora y estos zapatos (que detesto doblemente) que no me gusta la foto de mi DNI y que lo corté mientras cantaba una vieja canción de Cementerio Club y jale la palanca y en ella se vaya la foto y el alcohol, tus negativas y mis miedos, y arrepentirme por haber borrado esos escritos que me dolían tanto aquella vez que no sé cómo pude cruzar esa doble avenida y reconocer mi casa, no sé cómo abri mi puerta y subí las escaleras, sabe Dios cómo tiré mis zapatos y prendí la computadora jodidamente lenta y borrar eso que duele, y encontrarte con ese vacío que anhelo, anhelo, anhelo, y me adueño y enamoro de esa palabrita, o será tal vez que mi mundo sea de lo intangible... ¿Y la jodida soledad esa que me busca? que toca mi puerta mientras pavoroso yo ordene a la empleada -que no tengo- le diga que no estoy, que vuelva mañana.
De la levedad, y la deshonra, de lo apacible y lo revoltoso, de los libros y los poemas malditos, de esos textos que nunca leeré y las noticias que jamás sabré, de la caída de tus párpados, de la herida y la costra, lo viscozo que emana entre la hierba formando el lago en el que me bañaré para ser esto, esto que aún sigue oyendo el teclado y a su pecho, que aún puede peinarse, y aun puede soñar, que se permite amanecer otra vez y vestirse para ir a una aula y vagar con el pensamiento... correr entre la espesura de una mañana azul y venir aqui y tener esta mirada callada, arquear una ceja y sonreir de medio lado porque sé que todavía hay muchas muchas cosas que decir, aunque hoy, he dicho nada: mi nada.











