Podría sentarme a pensar en esos ojos, en la mano, en el cuello. Inclusive podría describirlos, paso a paso, con la paciente disciplina que carezco. Son, por demás decirlo, figuras representativas del universo de detalles que invitan a sumergirse en una pura actitud contemplativa, pero transcurre los segundos, los minutos esperan las horas y ellas los días, todo se sucede mientras el tiempo parece escurrirse como niebla por nuestros pies de piedra. Creía poseer a la ironía, y ella me maneja a su cruel antojo. Aguarda impaciente sacarme la lengua en cada esquina, pues yo, yo que me dejaba seducir por aquellas divagaciones, o a lo que llamaba inocentemente Estado de No Gravitación, disfrutar de mi propia perspectiva, creerse suspendido por unos segundos mientras crees estar perdido en un sistema cíclico de colores y movimientos, con el tacto hipersensible a la materia, y por cuanto disfrute solía producirme, hoy confieso como un pecador catártico haber abandonado dichos estados que impulsivamente se canalizaban en escribir. No es factible soñar con los ojos abiertos en un salón de clases, observar la corbata del profesor e imaginártelo colgado de la viga principal de la biblioteca, muerto. No es recomendable mirar el vacío tras la ventana y querer romper los vidrios para volar sobre los jardines lúgubres y hasta poder sentir el roce de sus hojas en tus mejillas. No se resuelve una tarea escribiendo poemas en las últimas páginas del cuaderno, no, ya no. Las obligaciones son el hábitat de la vida sistemática. Podría sentarme a pensar en sus ojos, que a decir verdad no me miran, ni miran a nadie, pertenece ciertamente a ‘nuestros’ pensamientos ajenos que se evaporan al tiempo que dura esa mirada. Un brillo, un chispazo, una daga certera que aviva la sensibilidad mas oculta. Pero prefiero ya no pensar en ello, el tiempo es tirano, la luna engorda con las quimeras de almas errantes, nómades caballeros vestidos de ser humanos, bah! Divagaciones, divagaciones… halcones justicieros descansan del largo viaje sobre nubes etéreas que pintan ese cielo por un fugaz momento, te buscan, quieren una razón de las tantas que hay, eres tú, tan sólo tú, y otra vez esos ojos de esa niña que vienen y te ofrece caramelos en aquel puente peatonal, que te mira otra ves sin verte, y la ternura toca tu pecho como las garras de esas aves de allá arriba y sientes morir una vez mas, te ves como ella con 8 años de edad mientras llorabas debajo de tu cama en la navidad del 90 oyendo los gritos y los golpes de un rostro contra un puño ebrio, y luchas por no pensar, tienes ya 22 años, ya no es tiempo de ello…. Hay obligaciones que cumplir, estudiar esos documentos de aquellos ejecutivos que te ofrecen un seguro de vida, que es más de muerte, Tu vida nos vale 200 mil dólares si depositas 39 mensualmente por 23 años dicen, y su sonrisa de vendedor del mes, y yo que imagino que si le pondrán valor al suicidio, se ríen creyendo es una broma, Si fuera así, miles de peruanos se acogerían al Seguro y al dia siguiente tendríamos medio Perú muerto. Y ríen nuevamente y yo lloro por dentro, tal vez no de pena, sólo el pensar que desde hace ya algunos meses estoy luchando contra mi mismo, contra esta dulce ponzoña que a veces te hace sentir Dios, y luego el dolor de la expiación por haber blasfemado, lo admito, aun la llovizna se presenta como mi amiga, a veces me susurra canciones, que luego intento olvidar, aun suele anochecer la mañana con las cortinas cerradas de mi cuarto, temiendo a la luz. Pero sé que todo esto esta ya curtido, como un espíritu de coral, y sé también que es sólo el comienzo, donde la música, de la que huyo, sea ya inevitable y dance como un desquiciado en medio de la hierba, gritar los silencios, y ser como aire tan sólo, aire, ajeno al polvo, el polvo es de humanos, y ahora, justo ahora, creo no serlo.

Rónal André