Yo le hablé de morir

Llevo contadas las veces que lo he esperado aquí. Siempre llego antes de la hora, porque me gusta esperarlo, sentir que por un momento tengo a alguien a quién esperar, y tener la completa seguridad de que vendrá, él y su siempre curiosa mirada, como la de un niño descubriendo el mundo, aunque el mundo que le muestre sea quizás el ocaso de una vida, de la mía.

Este muelle lleva siendo testigo, mudo y cómplice testigo de la veces que lo he esperado, quizás sea una tonta, pero no he podido evitar que mis lágrimas se asomen... queriendo, quizás, unirse al mar que siempre veo, hipnotizada por su encanto. Y es que, debo confesar que me uno a él de a pocos, con las miradas de amor que se lleva la marea, con la sonrisa de vida que siento cuando lo veo, como mis cabellos sueltos que se dejan caer con el viento, y se va, perdiendo de a pocos en el misterio del mar. Envidie a mis lágrimas, ahora que ya saben el futuro que me espera, estas lagrimas tan mías que ahora ya saben mi destino pero permanecen tan mudas como este muelle.

¿Si tengo miedo a la muerte? Sí, la tengo, pero la sensación que habita en mí como un impulso de búsqueda, que ronda por mí, que me mantiene así, completamente seducida, irreversiblemente tentada.

En realidad deseo morir.


Y él lo sabe.

Dentro de unos minutos vendrá. Y deseo con una abnegación total, que me vea así, porque hoy me vestí para él, hoy me arreglé para sus ojos, aunque mi espíritu quiera ya abandonar a este cuerpo para refugiarse en el mar.



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