Danzante de tijeras

-Llegó la hora Comandante, mi comandante, despierte, amaneció rojo, hoy es el día.
En ese espacio trascendía la dulces melodías de la locura, acordes suaves, violines al compás de unos corazones sin ayeres, y mañanas soñadas, como las dulces sombras del olvido. Unas almas sin determinación inmediata, el largo plazo de la monomanía, guiadas por la dulce quimera de la eternidad. Las campanas danzaban a lo lejos, y Curahuasi tan lejos de todo. Una capilla derruida y una media misa de un padre desahuciado.
-Para despertar no necesito abrir los ojos, alguacil.
Amanecía lento, había música y habían propósitos... aún, las metas descansaban en la estrella utópica de aquellos pasos danzantes, una dulce procesión.
-Ya llegó el día de pertenecer a ellos, hoy declararé mi condena, y hasta siento este sórdido placer de mencionarlo. Excitado y vivo. Me verás alguacil, me verás, y mi acto cautivará al más incrédulo de los terrenales, si hasta en sueños el Carjacha me susurraba mientras me sacaba esa lengua morada y me mostraba sus colmillos mientras escupía la tierra y maldecía en un idioma que no supe escuchar bien.
-O no supiste descifrar Comandante...
-Calla insolente, lávate esa cara y deja de hablar sandeces. Prepara mi traje, mientras yo doy las gracias por este día. Porque hoy amaneció para mi.
Días antes el Comandante en madrugada subió a Quimasaurco, con destreza impensada, una habilidad ajena a él, y danzó en la boca de la cueva donde hacía los pagos por la inspiración, rito sabatino. Él podía escuchar esos ecos, desde siempre, y se dejaba guiar por los espíritus vagos que deambulaban en busca de almas como las suyas, él se permitía ser vehículo palpable de un mundo tan presente como la naturaleza, unas vidas organizadas y paralelas, los Vagos buscaban a personas como Comandante, encontradas en los brillos de una locura y sinrazón, el amor en el alma de Comandante habíase disuelto en la búsqueda ambiciosa de ser un brujo, y el sueño de su vejez era ser el puente de las vidas que podía sentir y mostrarlas orgulloso a los terrenales, “las tiernas travesuras de los Vagos”, citaba siempre... y reírse en toques eternos de éxtasis, y tomarse licencias para el cuerpo sexagenario en el que habitaba, porque él se habla en tercera persona siendo primera y su única meta a las alturas de su vida era ser un condenado, amante de lo sórdido y lo oculto.
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