Boceto: Alas Heridas



Tan fría era aquella mañana que Andrea rogaba estar 5 minutos mas pegada entre las sábanas que hasta hace unas horas habían cobijado el cuerpo autómata de Sebastián. Tardó unos segundos para poder entender lo que había pasado. Él se había marchado, como se había marchado lo cálido que habitó la noche anterior, en donde se desposeyó de límites y trascendió en sus deseos, donde avizoró el horizonte de seguridad en aquellos brazos, donde había jugado a esconder su soledad, a maquillar con intensidad corporal una despreciada naturaleza que decaía en una extrema sensibilidad y angustia de llorar.
Andrea lloraba, en esa mañana, y nadie la oía, nadie sabía de su dolor, nadie más, que el frío de aquella mañana que envolvía ese cuerpo que sació el instinto primitivo de un amante de paso. Nadie se enteró, ni se enterará que Andrea sentía ese nudo de garganta que le impedía respirar ese aire desolador, que demuelen sus ganas de sonreír.
Nadie escuchará las quejas que Andrea lanzó a su silencio y que habita en sus pensamientos acumulados de injusticia desbordando en algún lugar de su corazón.
Andrea llora esta mañana fría, como fría desearía su vida, sin sentimientos quejosos, sin pena que deambulen por su habitación. Andrea se permite llorar, se permite sumergirse en la mañana que canjearía por una noche, sin tarde de dolor de por medio. Quiere pestañear y ver todo oscuro en donde un Sebastián o un Miguel o Alfredo o quién fuese la asalte de una realidad despreciada, mil veces maldecida, aquel vacío negro y visceral que magullaba sus adentros y que eran fuente incesante de lágrimas. Andrea espera y no se mueve, queda impávida ante una corriente que confluyen como una sangre sin rumbo, sin destino que gira al compás de un corazón desierto.
Las bocinas de los carros allá afuera hacen despertar a unos ojos que ven y no ven, gira la cabeza y distingue el brillo del cenicero de cristal encima de la mesa de noche, colillas que la conectan con el hálito a nicotina que se esparcían en su rostro en cada embestida buscada, y extraviada de amor…
El aire se cuela por la ventana mientras Andrea apoya sus pies descalzos a la alfombra, el primer contacto con una cruel mañana ajena a su cama, donde existieron sábanas y sangre, rosas y espinas, espuma y néctar, cielo e infierno.
Andrea sentada en el filo de su cama oye el eco de los pasos de las personas que prestas se van a trabajar por los pasillos de aquel lugar, entonces piensa que así se fue Sebastián caminando presto hacia un hogar y un trabajo, una vida donde hay quien le espere, unos sueños por concretarse, unas ganas de seguir y una sonrisa complaciente con su libido de haber tenido una noche espectacular con una chica que ni sabe su nombre.

Andrea lo sabe. Y por eso llora, y por eso se pone de pie aún desnuda, y camina por aquel ya público lugar de turno por separar, siente que no puede soportar una tarde más, siente hambre, no de alimento, sino de muerte.

En el estante de caoba, en la tercera cajeta de la izquierda guarda unos antidepresivos, acude a ellos y es lo que sus intestinos ya conocen y digieren con ácidos gástricos la droga que calmará una pena. Andrea se ve en el espejo del armario, en cuerpo completo nota sus caderas blancas y el abdomen plano, sus cabellos despeinados y lápiz labial en sus mejillas, Andrea llora más, y recuerda cómo empezó a ser la Andrea del Dolor y dejar de lado la Andrea Universitaria en aquel ignoto lugar que no es su patria, y mucho menos un lugar donde seguir sus estudios de veterinaria que logró realizar en una universidad particular de una Lima lejana y triste. Recuerda que a pesar de la falta de dinero, prometió a su padre difunto culminar con sus estudios, y se juró así misma terminarlos, sea como sea, y es así como su cuerpo en instrumento de su ambición lograron guardar día a día debajo del cenicero de cristal, en esa mesa de noche, en esa gaveta que cubre unos dólares de un Sebastián generoso. Andrea recuerda y recuerda cómo logró curar el ala de un pichón que cayó bajo el árbol de un jardín que se esfumó con su madre y su locura. Y que se prometió curar el ala herida que se encuentre en su camino, y así pueda volar como sus sueños, porque Andrea tenía sueños, como todos… y fracasos como todos, pero la soledad de Andrea, era como la de nadie.

Andrea seguía mirándose de cuerpo entero, sus vellos púbicos como madreselva de una naturaleza deseada. Aquellos ojos de mirada vacía, aquel cuello con marcas rojas como una sangre confundida y sin sentido… para ella.

-Soy bonita- se dijo como un fulgor en el lago de su vida.
-Soy bonita- se dijo como una melodía esperanzadora en una orquesta condenada.
-Soy bonita- se dijo mientras cogía el frasco de antidepresivos y llenaba la palma de su mano con aquellas rosadas pastillas… buscó la botella de vino semivacía de sabrá un Dios desconocido quién dejó ahí.
-Soy Bonita- fue lo último que se dijo mientras en un acto mecánico lanzó la droga a su boca y el vino hizo el resto…Soy Bonita… Soy bonita… y se deshizo en un llanto ensordecedor de aquella habitación donde nadie la veía, afuera las gentes caminaban presurosas a sus trabajos matutinos, los vendedores de libros en cada semáforo seguían trabajando en “rojo”, los conductores maldecían un tránsito habitual, los niños escolares bien peinados caminaban de la mano de sus madres…felices... como alguna vez Andrea caminó de la mano de su madre a la escuela 6004, todos ocupados y todos ignoraban... que Andrea hoy yacía muerta y completamente desnuda en una habitación lejos de su patria, de sus sueños, y con la ausencia de alguien que pueda curar sus alas… alas heridas que buscó curar, mas no buscó curar las suyas.

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